Calidad de vida y discapacidad. - Imagen: Lifeinapixel - Fotolia.comActualmente, el concepto de salud se identifica en un estado de bienestar que involucra la dimensión física, psicológica y social del individuo.

La calidad de vida está ligada a la percepción del bienestar: en la práctica, un paradigma que hace que la persona se sienta satisfecha o insatisfecha con su vida diaria. La calidad de vida también viene dada por el uso del tiempo libre en actividades gratificantes.

En los discapacitados, a menudo la calidad de vida parece mala debido a que el tiempo libre es un tiempo vacío, habitado por la soledad y el aburrimiento.

 

La calidad de vida

Actualmente el concepto de salud se entiende no como ausencia de enfermedad, sino en un sentido mucho más amplio y completo. En este sentido, los organismos internacionales (Organización Mundial de la Salud) han enfocado la definición de salud en una dimensión holística, haciéndola explícita como una condición de bienestar que atañe a las tres dimensiones que caracterizan la vida de cada individuo, a saber, la dimensión física, psicológica y relacional. - social.

Donde queremos caracterizar el constructo de bienestar, debemos recurrir a la determinación de los elementos que lo componen. En la práctica, podríamos definir a un individuo en estado de bienestar cuando tiene:





las prioridades que dirigen su vida;

el hombre ideal para las mujeres

el sentimiento de orientar el curso de los acontecimientos que componen su ciclo de vida;



una buena relación social, que lo hace interactuar en términos positivos y gratificantes con la alteridad.

La representación mental individual de la idea de calidad de vida, que se convierte en el fundamento paradigmático y heurístico de la percepción del bienestar personal, está en sintonía y se complementa con el concepto de bienestar. En otras palabras, de la calidad de vida las personas hacen inferencias capaces de definir su bienestar en términos de presencia o ausencia . Los parámetros que caracterizan la calidad de vida son muchos , cubriendo todos los aspectos de la vida diaria y proporcionando arquetipos para una perspectiva temporal positiva y optimista. Al respecto, se pueden mencionar algunos parámetros, como:

  • tener un trabajo satisfactorio y gratificante;
  • tener la percepción de la propia libertad personal;
  • vivir en un entorno cualitativamente superior;
  • disfrutando de un agradable tiempo libre.

La lista podría seguir y seguir, invirtiendo todas las dimensiones que conforman la vida del individuo tanto desde una perspectiva holística como ecológica. Brown, citado en Soresi (2007), identifica en el concepto de calidad de vida de elementos objetivos y subjetivos . Entre los primeros se enumeran:



  • las posibilidades económicas;
  • las peculiaridades del medio ambiente;
  • condiciones de salud.

Entre estos últimos cabe mencionar:

  • el sentimiento de logro;
  • la percepción de armonía con la propia individualidad y con la alteridad;
  • el conocimiento de los propios deseos;
  • la impresión de estar siempre a la altura de la tarea a realizar en cualquier situación.

El hecho de que los individuos puedan percibir de manera diferente las mismas situaciones de la vida deriva de los constructos personales que conforman su mapa cognitivo y que los hacen ser:

  • más o menos optimista,
  • más o menos seguro de sí mismo;
  • más o menos conscientes de su propio empoderamiento personal.

 

La discapacidad

Anuncio Actualmente, gracias a las revolucionarias conceptualizaciones sancionadas por la ICF (2002), la discapacidad se considera un estado de salud en un entorno desfavorable. De esta forma, se resaltan las correlaciones que vinculan la percepción del propio estado de salud y bienestar con las variables ecológicas, que caracterizan el contexto de vida del individuo, recalcando una vez más cómo el sentimiento de discapacidad es estrictamente proporcional a la calidad de vida. vida vivida. En otras palabras, donde la persona discapacitada tiene la impresión de que su vida está llena de vigor físico, resultado también de tratamientos habilitadores, rehabilitadores y terapéuticos adecuados y eficaces, de una serenidad emocional, de un contexto social, que favorece la evolución personal, que apoya y aumenta las relaciones con otros individuos, lo que no afecta las prerrogativas personales y sobre todo lo que permite que uno ejerza el libre albedrío, allí experimentará su discapacidad como una habilidad diferente.

La consideración de estos constructos ha permitido un salto cualitativo en el ámbito del abordaje e intervención de la discapacidad. En la práctica, el paradigma fundacional de los tratamientos biopsicosociales para personas que padecen un estado mórbido discapacitante se ha convertido en el aumento de la calidad de vida. Este propósito se logra, como señala Donati (2003-2004), operando en dos frentes:

por un lado, reestructurando el contexto externo de la persona, optimizando la dimensión laboral y el uso del tiempo libre;

por otro lado, revisando su contexto interno, aumentando las claves de lectura positivas que la persona utiliza para leerse a sí mismo, a los demás y la realidad que lo rodea, o implementando una reorganización de la cognición y percepción de la realidad.

El tiempo libre de la persona discapacitada

Con frecuencia el tiempo libre de la persona discapacitada es un tiempo vacío, alimentado por el aburrimiento y la soledad, por la sensación de abandono y desamparo, como destacan Trisciuzzi, Fratini & Galanti (2010). Durante mucho tiempo se ha optimizado el camino escolar y rehabilitador de las personas con discapacidad, descuidando esta importante dimensión que está representada por el tiempo desocupado, que, sobre todo, en el adulto discapacitado, una vez finalizada la experiencia formativa, se convierte en el tiempo imperante.

Los contextos educativos, en concreto el escolar, están llamados a intervenir en este sentido, enseñando al discapacitado todas aquellas habilidades que puedan permitirle vivir el tiempo libre como un momento de alegría y no de aburrimiento.

Wehman, citado en Donati (2003-2004), distingue dos parámetros en su tiempo libre que lo distinguen:

  • uno tangible, vinculado a la porción temporal utilizada;
  • el resto del personal, conectado con las emociones positivas y la sensación de satisfacción y bienestar que dan las actividades realizadas.

En el ámbito del tiempo libre para la persona discapacitada, la práctica deportiva debe ocupar un lugar destacado. De hecho, el ejercicio de actividades de motor y deportivas permite a la persona discapacitada:

  • aumentar los recursos personales;
  • mejorar comportamientos, habilidades, habilidades y destrezas;
  • implementar la relación con la alteridad;
  • mejorar el empoderamiento subjetivo;
  • ampliar la autonomía personal.

Nos referimos principalmente a la actividad física adaptada, que es una práctica física y deportiva modificada para atender, acoger y satisfacer las necesidades de las personas con discapacidad.

Al respecto, ya en 1978, la Carta Internacional de la Unesco, citada en Casalini (2008), decía:

“Ocada humano Tiene el derecho fundamental a acceder a la educación física y al deporte, que son fundamentales para el desarrollo de su personalidad. Se deben ofrecer condiciones especiales a los jóvenes, incluidos los niños en edad preescolar, las personas mayores y las personas con discapacidad para permitir el desarrollo integral de su personalidad, gracias a programas de educación física y deportes adaptados a sus necesidades.”.

Historias de vida: Saverio

Soy ciego de nacimiento y tengo un gran deseo que siempre me ha acompañado: ver colores. Tengo veintitrés años: en todos estos años siempre he soñado con poder saborear los colores por un momento. Mi padres y mis hermanos siempre me han descrito las cosas usando colores. Sé que hay objetos negros, que la tierra es marrón, que las hojas de los árboles son verdes, que el mar es azul y el cielo es turquesa. En verano, cuando estoy en la playa, trato de saborear los colores: siento los rayos del sol en mi cuerpo e imagino que se vuelve amarillo como el color del sol. Tengo la misma sensación cuando me baño en el mar: creo que mi cuerpo está pintado de azul.

He aprendido a lo largo de mi vida a asociar las sensaciones que siento en mi cuerpo con los colores. Por ejemplo, supongo que el amarillo corresponde a una percepción de calor. El mismo que me da el sol cuando me expongo a sus rayos. Comparo el azul con esa sensación de frescor que asalta mi cuerpo cuando me baño en el mar. Asocio el marrón con esa impresión áspera y harinosa que tengo cuando toco y desmenuzo un terrón de tierra. Yo equiparo el verde con el frescor que las hojas me comunican cuando las pongo en mis manos. Con cada color he aprendido a asociar sensaciones corporales. En ciertos momentos me parece ver a través del cuerpo. En otras ocasiones, cuando me siento desanimado, creo que todo es una ilusión y que se me ha negado el placer de ver colores.

Lo que me pesa en algunas circunstancias es la falta de autonomía: no puedo abrir la puerta y salir a la calle como todo el mundo. Otras veces creo que todavía tengo ventaja, porque tengo un perro guía que me hace compañía y me indica el camino cuando por algún motivo tengo que salir de casa. Mi madre me dice a menudo que tengo suerte porque tengo uno familia que me quiere, amigos que me recuerdan de vez en cuando. En unos días lo creo y creo que he tenido todo lo que pude desear de la vida. Otros días me cansa creer en esta suerte: ¡en esas situaciones me siento como un lisiado que no puede ver! Cuando era pequeña mi padre y mi madre me contaban cuentos, cuentos de hadas. Los que más me gustaron fueron extraídos de la mitología griega. Me intrigaban los eventos que se establecían entre dioses y entre dioses y seres humanos. Cada desastre humano era la consecuencia de algo negativo que los hombres habían hecho a los dioses.

Desde entonces, la idea de que las desgracias de todo hombre son una especie de castigo enviado por fuerzas superiores ha estado al acecho en mi mente. En los momentos de desánimo que me da mi largo tiempo libre, me pregunto por eso, pero parece que nunca he hecho nada malo. Mi caso es, quizás, la excepción que confirma la regla.

Historias de vida: Pasquale

Anuncio Tener veinte años no es uno de los mejores momentos de la vida. Leo esta frase en un libro y desde entonces resuena en mi mente, como si fuera un obsesión . Debido a una enfermedad neurológica, mis piernas no pueden sostener mi cuerpo y mucho menos acompañarme a alguna parte. La mayor parte de mi vida la he pasado en silla de ruedas y en estos veinte años he tenido la sensación de haber crecido, porque he tenido que cambiar de silla de ruedas varias veces, según los diferentes tamaños corporales.

Mi mente no se vio afectada por ningún déficit y esto en determinadas circunstancias lo siento, porque si mis emociones fueran amortiguadas por algún accidente cerebral, sufriría menos. En algunas situaciones me lleva una tristeza, veo otras 'y normal”, Y casi siento una forma de envidia, que me lleva a ser malhumorado y mezquino con mis padres, con mis hermanas y con algunos amigos que tengo, porque ellos caminan y yo no puedo hacerlo. A decir verdad, mis padres me apoyan en todo momento y me ayudan a superar incluso estos cambios de humor. Por otro lado, también puedo prescindir de piernas, ya que tengo una silla de ruedas eléctrica, conduzco un coche y asisto a la universidad. En todos estos años mis hermanas y algunas amigas compitieron para empujar mi silla de ruedas manual y acompañarme a donde quisiera. En tardes perezosas y vacías pienso que mi familia, por mi discapacidad, me ha mimado mucho, dándome todo lo que pude desear, definitivamente más de lo que les regalaron a mis hermanas.

A menudo he escuchado en secreto a mi padre y a mi madre acusarme de hacerme infeliz para siempre, considerando que mi enfermedad depende del material genético que ambos me transmitieron. Su mayor preocupación es cuándo se van. Para esto 'torturano“Mis hermanas, diciéndoles que tendrán que interesarse por mí para siempre. De esta forma me hacen sentir una carga, algo molesto que sería bueno no tener. Para tranquilizarlos, cuando me doy cuenta de que están más pensativos que de costumbre, les digo que los padres suelen morir antes que sus hijos normales, pero este no es el caso de los niños discapacitados. Las estadísticas muestran que los niños con discapacidad mueren temprano, mucho antes que sus padres. Me miran y no saben en ese momento si reír o llorar, quedan muy conmovidos emocionalmente y por eso cambian de tema, dicen cosas triviales que en ese momento no tienen relevancia. Afortunadamente, me queda una dosis de autodesprecio y una pequeña veta de humor que me permite no tomarme demasiado en serio cuando acecha una catástrofe emocional.

 

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BIBLIOGRAFÍA: